Experiencias de Vida VII. PACIENCIA

Crecimiento físico, mental y espiritual en nuestras vidas

Por Iván R. Balconi, BS, MS, PhD

PACIENCIA.  Todos, desde niños, poseemos diferentes grados de esta virtud, la paciencia, en esta ocasión definida como nuestra capacidad para soportar ciertas situaciones sin sentir nerviosismo ni perder la calma. De esta manera, puede decirse que un individuo con paciencia es aquel que no suele alterarse. Cómo cada quien maneja esa virtud en su vida depende del autocontrol de sus emociones. En el siguiente escrito trataremos LA TOLERANCIA, la cual no es necesariamente sinónimo de PACIENCIA.

Nuestro umbral o capacidad de mantener la paciencia en situaciones “alterantes” cambia conforme pasa el tiempo, ya sea para aumentarlo o disminuirlo. Sin embargo, podemos generalizar que la mayoría de las personas a manera que envejecemos nos tornamos cada día más impacientes, especialmente ante cambios en nuestro entorno y a veces ante nosotros mismos.

Ya en ocasiones anteriores hemos mencionado la dificultad que tenemos para cambiar nuestras rutinas, a hacer cosas diferentes de un día a otro. La fuerza de voluntad nos ayuda a adaptarnos al cambio con el menor estrés posible, lo cual requiere una rigurosa autodisciplina.

Nosotros los adultos en plenitud, si deseamos llevar una vida tranquila y pacífica, siempre debemos estar conscientes que nuestra tendencia es a alterarnos cuando algo en nuestro entorno y actividades cambia, porque con frecuencia “perdemos la paciencia”, nos alteramos y alteramos a los que están en nuestro alrededor.

Recuerdo cuando fui en una ocasión a visitar a un amigo a una casa de descanso para adultos en plenitud, una de sus quejas fue que, y en sus propias palabras: “todos estos viejos son muy escandalosos todo el tiempo, por eso prefiero estar solo o alejado de ellos”. Recordé que en sus tiempos de joven él mismo era uno de los más ruidosos de su grupo. Este es un caso en que para algunos, conversar alegre y ruidosamente es una forma agradable de compartir y convivir, mientras que para otros es un verdadero martirio. Cada quien envejece a su ritmo y a su modo.

 

Pero como el caso de mi amigo, es necesario estar consciente de los aspectos de la vida diaria que nos alteran, para buscar dentro de nosotros mismos la solución a esos factores que consideramos negativos en otros y que realmente son simplemente un reflejo de nuestro bajo umbral de paciencia.

La paciencia no es pasividad ante lo que nos altera, ni es no reaccionar ante nuestro ambiente, ni mucho menos un simple aguantarse. Es nuestra capacidad para aceptar con serenidad lo que no nos gusta o con lo que no estamos de acuerdo. En lo personal, trato de ejercer mi paciencia para cambiar lo que me altera sin afectar la paz de los demás,  y cuando eso no es posible, aceptar la situación tomándola como una oportunidad que la vida pone a mi alcance para el continuo progreso interno personal.

En mi caso uno de mis rasgos de carácter en los que he tratado de mejorar es mi costumbre de pensar, sentir y hacer todo “a prisa”, lo cual se debe al bajo umbral de paciencia que desarrollé por varias razones. Esa impaciencia por obtener el resultado de lo que pienso, siento y hago lo más pronto posible, me ha llevado a situaciones de angustia y frustración. La prisa no me permite ver la situaciones objetiva y serenamente y por lo tanto con frecuencia a tomar decisiones equivocadas.

Un colega me comentó cuando nos conocimos que yo era un ejemplo de esas personas que al encontrarlos en cualquier lugar los vemos venir a prisa, nos saludan a prisa, se despiden a prisa, pero cuando se les pregunta: oye, ¿a dónde vas tan a prisa? El amigo apresuradamente le responde: “no sé pero ahorita regreso”. Una exageración sin duda, pero ejemplifica el hecho que generalmente la prisa es innecesaria, frustrante y resultado de nuestra falta de paciencia. IRBR.

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Foto. frasesimagenes.net

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